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En “The Rise and Fall of the American Teenager” (El auge y la caída del adolescente estadounidense), Thomas Hine señala las diversas formas en que las distintas culturas a lo largo de la historia han indicado que sus hijos habían “alcanzado la mayoría de edad”. Los chicos de algunas tribus indígenas norteamericanas abandonaban a sus familias para emprender “búsquedas de la visión”, y regresaban tras un encuentro con un espíritu guardián que, según creían, los protegería durante el resto de sus vidas. Las chicas de la tribu Carrier, en lo que hoy es la Columbia Británica, eran rechazadas, condenadas al destierro y recluidas por completo durante tres o cuatro años tras alcanzar la pubertad, en una práctica denominada “el entierro en vida”.

Las familias puritanas que llegaron a Estados Unidos enviaban a sus adolescentes a trabajar como aprendices con otras familias, subcontratando de hecho los últimos años de la crianza a otros padres. Una vez que la Revolución Industrial estuvo en marcha, se hizo habitual en algunas zonas que los adolescentes abandonaran sus hogares para trabajar en fábricas, viviendo en residencias que eran propiedad de la empresa y ahorrando lo que ganaban para enviarlo a casa.

Puede que nos cueste entender estos indicadores de la edad adulta cuando observamos a nuestros propios hijos adolescentes, envueltos como están en un caparazón de accesorios y objetos para jugar con su PlayStation esparcidos por todas partes, bolsas de papitas fritas a medio vaciar y calcetines malolientes.

Obtener la licencia de conducir, asistir al baile de fin de curso y graduarse de la preparatoria eran lo más parecido a los “ritos de paso” que tuvieron los adolescentes estadounidenses de la posguerra. Pero podría decirse que más significativo que todo ello junto es el dispositivo increíblemente potente que llevan en el bolsillo: una máquina que pueden utilizar para reservar un vuelo a cualquier lugar al que puedan permitirse comprar un boleto, aprender cualquier cosa que les despierte la curiosidad y mantener tantas relaciones románticas simultáneas como puedan encontrar en una aplicación.

Por esta razón, podríamos afirmar que el momento en que decides darle a tu hijo un celular con todas las funciones activadas podría ser el momento en que su infancia, tal y como la conoces, llegue a su fin.

(Sin presiones.) Por eso nos apasiona tanto ayudarte a sacar el máximo partido a este proceso.

Este artículo pretende describir los pasos para decidir exactamente cuándo darle un celular a tu hijo y cómo darle a esos momentos la importancia que merecen. Si quieres llamarlo un rito de iniciación moderno, no te lo impediremos.

Paso 1: Iniciación

Dar un celular a tu preadolescente o adolescente no tiene por qué parecer una situación desesperada; al fin y al cabo, eres tú quien decide hacerlo. De hecho, el inicio de este proceso puede ser un motivo de orgullo.

Te recomendamos que empieces por darle a tu hijo uno de los “celulares básicos” (aunque nosotros preferimos el término “celulares de aprendizaje”) que hay actualmente en el mercado. Estos teléfonos no tienen navegador ni tienda de aplicaciones, e incluso se puede restringir su capacidad para enviar mensajes de texto y hacer llamadas. La idea es darle a tu hijo un teléfono así al principio de la secundaria, cuando, con suerte, aún sea lo suficientemente joven como para ilusionarse con ese tipo de celular.

El “celular básico” sirve de punto de partida para entablar conversaciones sobre el uso responsable de la tecnología, los incentivos positivos y la gestión del tiempo frente a la pantalla con un dispositivo personal. [Consulta nuestro artículo “Cinco conversaciones” para obtener más información sobre estos temas].

Cuando te estés preparando para darle a tu hijo un dispositivo que tiene más funciones y, claro, oportunidades de caer en un abismo moral sin fondo, deberías plantearle la idea del Estatuto Familiar del Celular. Se trata de un documento que puedes rellenar mientras hablas con tu hijo adolescente, en el que se recogen tanto tus expectativas como sus esperanzas sobre cómo sería tener un teléfono propio.

Durante este momento crucial, también te sugerimos amablemente que des ejemplo con tu propio uso responsable del celular, en la medida de lo posible. Estás a punto de pedirle a un joven que haga algo realmente difícil, algo en lo que muchos adultos no son muy buenos. Como escribe Hine, los padres a menudo “queremos que nuestros adolescentes encarnen virtudes que nosotros mismos rara vez practicamos”.

Si estás pensando en darle a un niño un celular con todas las funciones a esta edad, aunque utilices controles parentales, piénsalo bien. Es posible que los controles parentales te permitan impedir que un niño de doce años acceda a contenidos nocivos o entre en contacto con depredadores, pero existe una probabilidad no desdeñable de que un niño de secundaria encuentre otras formas de acceder a este tipo de contenidos. Asegúrate de abordar esta situación con los ojos bien abiertos.

Algunos adultos han expresado su preocupación por que, si no se da acceso a los niños a un celular lo suficientemente pronto, no serán capaces de “aprender”a utilizar la tecnología correctamente y quizá tampoco aprendan a ejercer el autocontrol con la tecnología. Pero es casi seguro que no tendrán ningún problema para aprender a manejar la tecnología, independientemente de cuándo se les introduzca a ella. Además, las investigaciones sugieren que retrasar el acceso al celular para personas cuya corteza frontal no está completamente desarrollada es probablemente una buena idea. Incluso podría ser vital para ayudar a los adolescentes a formar las conexiones neuronales que necesitarán para actuar con autocontrol ante cualquier cosa o persona en la vida, no solo con los celulares.

Paso 2: Aprendizaje

Muchas familias entregan el primer celular a sus hijos con conexión a internet en una caja de regalo, pensada para que sea una sorpresa, colocada bajo el árbol de Navidad o entregada en un cumpleaños especial.

Aunque resulte menos emocionante y pueda parecer incluso más intimidante, te recomendamos que le digas a tu hijo exactamente cuándo va a recibir su primer celular. Elige una fecha para entregarle el teléfono y, a menos que incumpla las condiciones de uso de su celular de aprendizaje, conserva esa fecha.

Y nos referimos a “entregarle el celular”, no a “entregarle una caja sellada”, porque querrás abrir el teléfono y configurar las restricciones de privacidad como tú quieras antes de que tu hijo tenga acceso al dispositivo. Una vez más, aunque esta solución no sea infalible, no debemos descuidar el establecimiento de normas solo porque pensemos que podrían incumplirse.

Quizá te preguntes qué edad debe tener tu hijo adolescente antes de darle un celular (con restricciones, pero con conexión a internet). Cada familia es diferente, pero introducir el celular alrededor de los 14 años te permitirá hacer un seguimiento de tu hijo mientras explora una gama cada vez más amplia de actividades. Esto le permitirá fomentar su red de relaciones personales y empezar a utilizar aplicaciones de redes sociales si así lo decides (recomendamos la organización Protect Young Eyes para obtener instrucciones actualizadas sobre cómo ajustar la configuración del celular para los adolescentes).

Dado que se trata de un proceso de “aprendizaje”, debes seguir teniendo acceso total al teléfono y a las contraseñas de tu hijo. Debe quedar claro que el teléfono forma parte de tu espacio y está sujeto a tus normas. A medida que tu hijo adolescente vaya alcanzando ciertos objetivos de confianza, podrás ir eliminando poco a poco algunas de las restricciones más limitantes para que el celular resulte más funcional.

Paso 3: Ceremonia de clausura

Tu hijo adolescente está trabajando contigo para alcanzar un objetivo final en este proceso. Ese objetivo es un celular con todas las funciones, del que será el único responsable. Puede que no seas capaz de predecir cuándo se alcanzará ese objetivo, pero debes hacer todo lo posible por comunicarte con tu hijo a medida que se acerque esa fecha.

Plantéate organizar una especie de “ceremonia de clausura” en la que el teléfono de tu hijo “madure” y se eliminen las restricciones restantes propias de la fase de aprendizaje.

En este punto, no es que tu hijo adolescente no vaya a tener ninguna norma sobre su celular. Sería más acertado decir que se regirá por las mismas normas que tú te impones a ti mismo. Es de esperar que esto siga implicando límites sobre dónde se carga el celular por la noche (en una zona común, fuera de su habitación), así como sobre qué tipo de aplicaciones están permitidas.

Hine escribe: “Las debilidades que vemos en los jóvenes son las nuestras, y lo sabemos”.

Si quieres que tu hijo adolescente siga teniendo instalada algún tipo de aplicación de control, instálala también en tu celular y dale tus contraseñas. Esto demuestra un nivel de respeto y reconocimiento de que, a veces, incluso los adultos necesitamos ayuda para rendir cuentas.

Algunos momentos de este camino hacia la adquisición de un celular con todas sus funciones pueden parecer serios, y es posible que haya habido tensión. Este momento de “inauguración”, en el que se permite a tu hijo adolescente convertirse en miembro de pleno derecho de la comunidad de usuarios de celulares, debería ser motivo de celebración.

Los principales psicólogos infantiles y especialistas en ética sugieren que regalar a un adolescente un celular con acceso a las redes sociales a los 16 años podría ser el “punto óptimo” al que aspirar. Por supuesto, es posible que tu hijo o hija piense que eres increíblemente anticuado si le haces esperar tanto tiempo para tener un celular “de mayor”. (Aunque, en realidad, estás a la vanguardia de la investigación académica, la literatura médica y las propuestas legislativas). Pero cada padre o madre debe tomar la decisión que considere mejor para sus hijos.

Reflexiones finales

Los rituales pueden parecer pasados de moda, pero sospechamos que encierran un poder que no llegamos a comprender del todo. El ritual que Jesús nos dejó para recordarle ha perdurado en la tradición cristiana durante más de 2.000 años.

Los padres que están criando a la generación Z y a la generación Alfa han visto cómo han ido y venido numerosas oleadas de pánico parental. El pánico sobre el satanismo, la preocupación por MTV y la prohibición de libros se han apoderado de las mentes de los padres a lo largo de las últimas décadas. Es discutible si la retórica o la ira en torno a estas reliquias contribuyeron positivamente a la formación espiritual de alguien. La caída de las tasas de asistencia a la iglesia y la aparición de un nuevo grupo de “sin religión” parecerían indicar todo lo contrario.

Si replanteamos nuestra forma de entender a los “adolescentes” y pensamos en ellos como adultos en formación, como personas que están atravesando un proceso tortuoso de maduración que escapa a su control, regido por la cultura que les rodea y por su propia biología, en rápida evolución, nuestra empatía hacia su experiencia se hace más profunda.

Nos volvemos más dispuestos a ceder parte de nuestro control y buscamos oportunidades para cultivar la aventura y reconocer oficialmente los momentos de triunfo. Podemos prometer que la edad adulta es algo que hay que atesorar, ganarse y celebrar, y que, aunque el final de la infancia pueda ser agridulce, no tiene por qué ser amargo.

“Ser adolescente no es una identidad, sino una situación difícil por la que pasa la mayoría de la gente”, escribe Hine. Una situación que implica aprender a controlarse, cometer errores delante de personas a las que admiras y ansiar demostrar que eres digno de confianza. Al ritualizar el proceso de iniciación del uso del celular, podemos redimir la forma en que vemos a nuestros adolescentes. Quizá, en cierto modo, podamos incluso redimir también esos pequeños espejos negros que llevamos en los bolsillos.

Kate Watson es escritora, editora y madre de tres hijos, y vive en el valle del Hudson, en Nueva York. Escribe sobre cultura, comunidad y maternidad para medios como Christianity Today, Relevant, Insider y Vox. Kate es editora en Axis.